|
GAY SIN CENSURA |
POR: VLADIMIR CHARRY ver perfil
|
EL KIT DIARIO DE LUBRICANTES Y CONDONES
Siempre, el kit de condones y lubricante a la mano, se convierte en la mejor forma de prevenir el VIH/Sida; aunque por ello algunos no nos pidan el teléfono; aunque nos miren de arriba abajo; aunque nos llamen “perras”.
leer mas...
|
Los libros, las revistas, la televisión y todos los rincones del mundo están atestados con llamados de atención que nos alertan con respecto al VIH. Todos sabemos algo, incluso procuramos hacernos la prueba por lo menos una vez al año; pero las calenturas sexuales parecen ganarle la partida a la teoría, y a menudo, la seducción de algunos, nos borra el casete.
¿Cuántas veces nos hemos permitido la cabalgata previa sobre el sexo del otro sólo para calentarnos, antes de poner el condón en su sitio? ¿Cuántas veces en medio de ese primer forcejeo se le ha ido al señor adentro y se ha amañado allí por un rato? ¿Cuántas veces la saliva ha sido protagonista gracias a la ausencia del lubricante, y nos ha regalado fisuras varias y más profundas con el patrocinio de su capacidad para resecar, abriendo de par en par la puerta de atrás al famoso virus?
Si alguno se ha salvado de estas prácticas, reciba mis respetos; si se cuenta entre quienes las hemos permitido hace mucho o hace poco, permítase hoy leer estas líneas que tratan de fotografiar los sentimientos que se alborotan cuando alguien muy cercano, un amigo, muere desarmado en medio de los enemigos que lo consumen con el patrocinio del sida.
Era sábado, y alguien me llamó para contarme que Fulano estaba en la clínica. Cortamos rápidamente y decidí llamarlo por mi cuenta para saber cómo se sentía.
Contestó una mujer con acento provincial, mientras regañaba a Fulano porque estaba tratando de desconectarse.
¿Desconectarse? Pero si me imaginaba que se trataba de una fractura, un accidente, o máximo y siendo extremista, una sobredosis en medio de la rumba.
Soy Vladimir, le dije a la señora. Ella le dijo a Fulano: es su amigo, háblele…
Seguro le puso el teléfono para que escuchara; lo saludé, y lo único que hacía era pujar y pujar de malestar.
Más tarde llamé a quien me había comunicado de la situación de Fulano y me dijo que no se trataba de un accidente, él había tenido una recaída, la única conocida por todos. Ahora, varias enfermedades aprovechaban la debilidad de su sistema inmunológico, y lo estaban matando.
Al día siguiente nos vimos. El plan era visitarlo pronto, pues de un día para otro se estaba muriendo.
Tomamos un taxi. Ninguno de los dos hablaba, sólo pensábamos. Me imagino que al igual que yo él recorría su historia sexual y examinaba con detalle cada una de sus riesgosas actuaciones.
El taxi se detuvo frente a la clínica. Subimos al cuarto piso y no estaba en las habitaciones. Lo habían trasladado a la unidad de cuidados intensivos.
En silencio nos acercamos al ascensor… no llegaba, así que tomamos las escaleras y caminamos rápidamente hacia la unidad correcta envueltos en paredes blancas y frías.
Como si lo hubiéramos planeado, las visitas iban sólo de tres a cuatro de la tarde, eran las tres y veinte.
Cada uno lavó sus manos con jabón quirúrgico y sin mediar palabra mi acompañante fue primero. Yo terminé y me paré en una esquina de ese espacio abierto en donde reposaban todos los enfermos que requerían cuidados intensivos. Estaban separados por cortinas, y amarrados a un aparato amenazante que les mide cada respiro y les controla la vida.
Mi acompañante salió, era mi turno.
Caminé rápidamente y encontré allí a Fulano dormido boca arriba, anudado a un tubo principal del que se desprendían otros tantos más pequeños. Todos terminaban en ese inmenso aparato en el que titilaban cifras y nombres de medicamentos y sustancias vitales.
No respondía, estaba inconsciente. Sólo respiraba profundamente y hacía subir y bajar una sábana azul que le cubría toda su bella humanidad.
Parecía tranquilo, aunque no lo estaba realmente porque sus manos permanecían amarradas a la camilla como sucede con los enfermos mentales. Pero él no estaba loco, era que los médicos temían que al regresar del sueño provocado por los calmantes y en medio del desespero, se levantara de su sitio para escupirle la cara a la muerte, para decirle que se quería quedar, o quien sabe, quizás para abrazarla buscando que se lo llevara más rápido porque estaba acostumbrado a ser vivaz y no a permanecer dormido.
Tenía la nariz cosida -en medio de una convulsión se la había roto-. La barba estaba larga y sus pestañas permanecían erguidas como de costumbre, aún la puta enfermedad no se le había llevado la belleza. Era una imagen distinta y digna del sida, pero por dentro estaba invadido por la ‘inmuno’ maldita cosa esa que se ha llevado a tantos.
Salimos del sitio y en medio del tumulto se veía a una mujer esperando su turno, era la mamá de Fulano. Una mujer humilde, de provincia. Estaba allí parada con la mirada mojada, unos mocasines negros, una camiseta de muñecos y un pantalón de sudadera azul rey.
Estaba triste, su hijo se le moría. La sangre de su único varón, la misma suya, ahora alterada, se cansaba de correr.
Resignada se despidió y se perdió en el tumulto de gente.
Al otro día, supe que Fulano había muerto en la mañana.
Y el alma se quiebra, la cabeza se mueve, nos da miedo, nos hace falta y sentimos que la muerte está muy cerca de todos, y que sin duda, las hormonas nos pueden jugar sucio. Nos hace pensar que muchos podríamos estar ahí, artificialmente dormidos, artificialmente vivos, y más tarde, muertos.
No se trata de señalar, pues los errores los cometemos todos. Algunos errores nos cuestan un trabajo, una amistad, algo de dinero, pero otros errores nos cuestan la vida.
Fulano era como tú o como yo: atractivo para algunos, sexy para otros, poco agraciado para un grupo más. Tenía perfil en el chat, trabajaba, le gustaba verse bien. Quería estudiar afuera, estaba enamorado, tenía ahorros y algunas deudas; y en un par de ocasiones le habían roto el corazón.
No hay duda, no podemos encerrarnos, ni apagar el deseo con baldados de miedo. Necesitamos amarnos o ‘tirarnos’ protegidos, aunque nos seduzcan hasta la locura los falos cubiertos por toallas mojadas en los saunas. Aunque el roce de los cuerpos, un ron, o un cigarro nos pongan a volar. Aunque las imágenes en los videos nos suban la arrechera hasta el tope. Aunque una cara bonita que nos sonríe en los pasillos o en los baños de un centro comercial nos eleve el ego. Aunque un culo apretado paseándose nos haga llenar de sangre nuestro sexo hasta el límite. Aunque un novio nos abrace para jurarnos que sus deseos se mueren fuera de las cuatro paredes que compartimos. A pesar de todo eso es urgente protegernos.
La opción depende de cada uno. Si quieres reducir sus encuentros sexuales, hazlo. Si vas a renegociar las reglas de juego en la cama con tu pareja, adelante. Si prefieres optar por el sexo telefónico, gózalo. En fin, mueve sus fichas y replantea tus conductas en pro de tu bienestar, tu gozo, y el de los que se suben a tu cama.
Sea cual sea la decisión, adicionemos al morral diario, varios condones y un tubito de gel lubricante de 50 gramos –es el más fácil de cargar-. Y saquémoslos sin pena. Usémoslos una vez al día, una vez al año o cada tres meses, eso depende de la frecuencia de los encuentros de cada cual.
Siempre el kit de condón y lubricante a la mano, aunque piensen que andamos con la estera debajo del brazo; aunque por ello algunos no nos pidan el teléfono; aunque nos miren de arriba abajo; aunque nos llamen ‘perras’.
|
¿POR QUÉ NO ME LO PUEDO SACAR DE LA CABEZA?
El olvido es un propósito constante para los protagonistas de las historias de amor que se desvanecen. Un deseo que repiten sin cesar quienes pasan por una ruptura, y no encuentran paz luego de que el amado ha dado la vuelta para partir.
leer mas...
|
Pero sin duda, el olvido no llega tan rápido como esperamos, muy a pesar de las
súplicas al cielo, muy a pesar del intento por racionalizar lo sucedido, muy a
pesar de las estrategias para alejarse de ese objeto de deseo que termina por
convertirse en objeto de tormento.
Pero ¿por qué resulta tan difícil el olvido?
Algunas veces porque las marcas de amores largos o intensos suelen ser
profundas. Otras veces porque –aunque nos cueste reconocerlo-, solemos pasar por
las relaciones confundiendo el amor con otra cosa…
Simplemente no hemos amado a quien se ha ido, más bien, durante esas largas,
medianas o minúsculas historias de amor, nos hemos untado al otro, lo hemos
exprimido para tomárnoslo todo. Nos hemos perdido en él en un acto suicida en el
que nos fusionamos como melcochas sin pensar en el autocuidado. Nos traicionamos
para ungirnos en una persona a quien supuestamente amamos, pero a la que nos
acercamos de manera errónea en medio de una sed de afecto que nos lleva a
apegarnos como calcomanías.
Nos abandonamos para entregarnos al otro, y para comérnoslo ansiosamente sin
mirar alrededor, como lo hacen los animales con hambre frente a un plato de
comida. Y cuando todo termina, volvemos a recogernos a nosotros mismos hechos
naco, volvemos por ese “yo” olvidado y moribundo que en medio del afán por
alimentar un supuesto amor, hemos dejado morir de hambre.
Perdemos de vista el autocuidado, nos lanzamos a la faena del amor como toros
ciegos. Es como si entráramos a la arena con el corazón en la mano, ofreciéndolo
sin garantía, entregándolo en prenda por cinco pesos y sin letra de cambio
firmada. Es como entrar drogados y alejados de la conciencia en una masa de
miles, sin pensar en los brazos de quién caemos, sólo esperando que algunos
brazos, los que sean, nos sostengan en medio de tanta necesidad de contacto.
Es eso, andamos inventándonos relaciones desde la necesidad, desde una
compulsión por juntarnos con otro a cualquier precio, incluso el del propio
bienestar. Un “otro” que trata de dar lo mejor de sí – a veces -, pero que
termina huyendo porque la ansiedad saca corriendo a cualquiera.
Y así, cuando ese amado se va nos derrumbamos débiles y cansados, mientras el
olvido se hace una misión imposible, no porque le hayamos amado profundamente,
sino porque apostamos todo sin restricción. Pusimos sobre el paño el corazón,
ignorando que aunque soporta y late a pesar de muchas cosas, tiene una etiqueta
que dice “frágil”, y que no vemos generalmente.
Así que es prudente preguntarnos: ¿el olvido es esquivo porque los recuerdos son
satisfactorios y profundos, o más bien, se nos hace difícil porque creímos amar
y lo que estábamos era enredados en una actitud de entrega absoluta y desmedida,
con resultados frustrantes y poco decorosos?
Sea lo que sea, para que llegue el olvido hay que disponerle un espacio que
incluya la liberación del otro, de ese que se ha ido y muchas veces no queremos
dejar ir. Y de otro lado, la decisión propia de cerrar capítulos y no
enquistarse en el pasado. Pero sobre todo, alistarnos para entrar a una nueva
faena con el corazón más protegido, sin tanta ansiedad, y sin abandonar el “yo”,
que siempre necesitará cuidados, a pesar de que entre otro a nuestra vida.
|
El doloroso reencuentro con un ex: ¿amor o pura nostalgia?
Luego del rompimiento con mi novio, me fui a disfrutar de las delicias de la
libertad en medio de la rumba gay. Pero no calculé que él también estaría allí,
disfrutando de su nueva libertad con otro.
leer mas...
|
|
Las discotecas modernas cuentan con varios ambientes en un mismo edificio, hecho que hace posible el levante o ligue a gran escala de quienes gozan o sufren la soltería, o de quienes a pesar de estar en pareja se echan una canita al aire, pues mientras el novio se sumerge en las monótonas notas de la música electrónica, el otro se mueve como pez en celo por los demás ambientes, pescando uno que otro amor fugaz de discoteca.
Sin embargo, esos múltiples ambientes nos permiten encontrarnos con sorpresas indeseables, pues mientras levantamos los brazos coreando una canción… al otro lado aguardan por nosotros realidades dolorosas y casi asesinas. Ese fue mi caso…
Luego del rompimiento con mi novio me entregué a las delicias de la libertad, que suelen tener un buen escenario en la rumba gay, pero lo que no calculé era que posiblemente él también estaría disfrutando de su nueva libertad, con otro.
Todo empezó cuando luego de cansarme en el ambiente latino de esta discoteca decidí dar varios pasos para hacer mi entrada triunfal al ambiente electrónico, ese donde la música suena igual, donde no entiendo que dicen las canciones, y donde todos nos movemos como maniquís programados con pilas. Entré, levanté la cabeza como rezan los designios de la buena postura corporal, y mientras parpadeaba una imagen se coló entre mis ojos altivos, para alterarlos hasta el dolor: era él, mi ex, besando a su nueva conquista, producto de su nueva libertad. Sostuve la mirada por unos segundos y cuando la bajé de nuevo, descubrí que mi corazón estaba ahí tirado en el piso, latiendo más rápido que de costumbre, como ahogándose entre el suelo sucio y frío, mientras yo permanecía inmóvil frente a los besos apasionados y hambrientos de dos personas, que sin querer, me estaban abriendo el pecho con sus manos para romperme todo por dentro.
Todo se detuvo: la música, la bola gigante de discoteca de los ochenta, los demás hombres con sus movimientos repetidos, y sólo sentía el latido de mi corazón convulsionando en el piso, y el sonar de sus besos, mientras toda la escena se iba al blanco y negro.
Estaba triste, avergonzado, maldiciendo el hecho de no tener a alguien junto a mí para abrazarlo y besarlo en tono de venganza. Estaba humillado por el éxito inmediato de mi ex luego de nuestra ruptura; mirándolo allí, todo de otro, después de que me había “pertenecido” por casi cuatro años. Una semana después su dueño era un muchachito que además de besarlo a él, también me gustaba, ¡era bello el maldito!. Y yo, solo, solo.
Para evitar una vergüenza mayor decidí salir corriendo, intentando respirar de nuevo. Detrás de mí venía mi mejor amigo –único testigo del hecho- con mi corazón en la mano temblando de frío, mientras yo me abría paso entre la multitud para alcanzar un lugar donde nada me agrediera.
Paré por un momento, miré a mi amigo y lloré hacia adentro. Tomé mi corazón y caminé con él en mis manos hacia el baño, lo lavé un poco y me lo puse en el pecho de nuevo. Limpié las marcas de sangre de mi cara y retomé la postura perfecta para moverse en el mundo “show off” de la rumba.
Regresé con mi grupo de amigos al ambiente latino de la discoteca, y para tratar de ayudarme, me ofrecieron como mercancía entre algunos asistentes. Como soy humano e imperfecto respondí a la agresión agrediéndome, besando y tocando cuerpos desconocidos que tenían como tarea subirme el ánimo y normalizar mis latidos. Tuvieron efecto, mis pulsaciones se normalizaron y me mantuve en esta sala de cuidados morbosos e intensivos por el resto de la noche, evitando pisar el lugar donde reposaba un cuerpo ajeno, que mi orgullo reclamaba como suyo, pero que hoy ya era de otro.
La fiesta terminó. No pesqué nada porque estaba entretenido y desaforado en medio de varias bellezas insípidas para mi gusto particular; así que besé y besé sin intenciones claras, sólo para mantener erecto mi orgullo.
Reclamé mi chaqueta en el vestier a toda velocidad, cuidando no ser visto por esa pareja feliz que me hacía tan infeliz esa noche. Me fui a mi casa, y con la cama toda para mí, me veía reflejado en el techo de mi cuarto, pensando y descubriendo que lo que sentía no era otra cosa que envidia, porque sabía que aparentemente él había rearmado su vida, mientras la mía permanecía incompleta. Pues desgraciadamente, a muchos nos cuesta entender que estamos completos en soledad, sin necesidad de otro –eso se aprende con el tiempo-.
Era envidia, no amor. Ya no lo quería, lo que sentía era producto del orgullo maltratado de macho conquistador a quien otro le había ganado la partida: mi ex había levantado más rápido que yo.
Y eso si me hizo sentir feliz, haberme dado cuenta de que el amor por él había desaparecido, y aunque me dolía el orgullo, mi corazón ya estaba tranquilo, arropado por una cobija en casa, seguro de no querer retroceder para luchar por un sentimiento inexistente, rogando y arrastrándose sin razones en medio de la confusión.
Envidia, nostalgia y recuerdos son tres elementos muy distintos al amor; elementos que se pueden confundir con facilidad, a pesar de que a veces éste último esté mancillado, moribundo o descompuesto hace muchos días. Así que no vale la pena retroceder para intentar revivirlo, en estos casos es mejor evitar esos sitios de encuentro en común con esa persona que se amó, mientras la envidia, la nostalgia y los recuerdos se van retirando hacia el cuarto de atrás del corazón para dejar de ser protagonistas.
|
¿Qué hace mientras su novio duerme?
El encantamiento es algo que se da como parte del amor o del gusto por alguien.
Y es tal cual como sucede en los cuentos, el otro nos “encanta” y podríamos
quedarnos mirándolo sin parar, sin saciarnos, sin cansarnos.
leer mas...
|
|
Sin embargo, a veces en medio de la velocidad de este mundo, que va a mil,
resulta difícil quedarse en el otro por un rato, para aprenderlo. O también
sucede que lo que queremos es hacer, y hacer, y esa intención de movimiento
constante nos arrebata nuevamente la posibilidad de contemplarlo, de mirarlo, de
quedarnos en él por un momento. Es entonces cuando el sueño se convierte en
aliado, y nos permite aprehender, en silencio, a quien amamos.
Si está empezando
una relación, me entenderá, seguro que ha pasado las primeras noches en vela
intencionalmente, para mirar a ese hombre que duerme a su lado y deleitarse con
su sueño. Usted lo mira, y sonríe, como con ganas de tragárselo y aprenderlo de
memoria.
Si lleva mucho tiempo con su novio, seguro se habrá olvidado de
colonizar ese territorio que es suyo, pero que cada vez se le vuelve más ajeno,
porque se olvidó del placer de contemplar. Apréndalo de nuevo, es suyo.
Seguramente lo que sigue, alguna vez lo sintió usted también, como yo…
Él está
allí, sobre la cama, quieto, sólo moviéndose lo suficiente para no morirse del
todo. Puedo olerlo de los pies a la cabeza, sin parar. Le muerdo el pelo, le
beso la barba, me unto del brillo de su cara, complacido, como si se tratara de
agua limpia.
Aún duerme, huele a sueño, y me drogo con ese olor a él, que no
tiene nadie más. Le robo el sabor de sus manos abiertas; y el de sus pies, que
huelen a piedras calientes, como lo describe de manera perfecta “El Perfume”,
porque, sin duda, sus pies huelen a piedras calientes.
Pongo mi cabeza sobre su
barriga que sube y baja calientita. La escucho y respiro hondo para cargarme
otro poquito de ese olor que me amarra, y que ya identifico como único.
No huele
a loción, huele a él, a hombre dormido. Huele a sudor de ayer y de hoy, apenas
escapándose de las cobijas que pesan y que le cuidan el sueño. No posa, muere
aún, y yo no quiero que se despierte. Quiero besarle los ojos, poner los míos
sobre los suyos para que casen perfecto en lo cóncavo y lo convexo. Quiero
besarle la boca, cerrada y seca. Comerme su aliento, el de verdad. Morderle las
pestañas con mis labios, para saber a que saben las pestañas de los hombres, de
este hombre.
No se mueve, gracias a mi presencia cuidadosa pero ansiosa y
hambrienta. Su sueño es pesado y aprovecho para tocarlo todo con mi nariz,
despacio, sin despertarlo, quieto, sin poder para correr. Sólo mueve los pies,
rozando uno sobre otro, como consintiéndose o guardándose del frío.
Hay
silencio, sólo respira, pero este placer me produce ganas de gritarle que se
quede, que no se vaya. Es animal, ese disfrute tan simple, ese gozo que produce
la presencia básica, sin artificios, sin ropa, sin sabores artificiales, sólo
con lo que viene.
Eso es comodidad, eso es encantamiento, y quiero que
permanezca, que amanezca de nuevo aquí, para robarlo más, y contemplarlo más. Es
eso el placer de contemplar, de no hacer nada, de no movernos, sólo de estar.
Esté un rato con el suyo… de nuevo.
|
Los gays que se enamoran “a solas”
A pesar de que pasan los años, a muchos les sigue sucediendo: se enamoran de una persona que no les corresponde y por si fuera poco, ven en ellos una mina de oro sólo para divertirse. ¿Has vivido ilusionado con un chico que jamás te ha tomado en cuenta?
leer mas...
|
|
Lo
que está en juego en el proceso de enamoramiento, que algunos explican con
argumentos biológicos y químicos, es una atracción inusual hacia una persona
que de repente se nos aparece en la vida.
La carne que lleva puesta nos parece atractiva; nos encanta lo que dice, cómo
lo dice, y hasta perdonamos actitudes que odiamos en los demás. Y por supuesto,
se empieza a gestar una ilusión con este nuevo personaje: nos imaginamos con él
en la próxima navidad, creamos diálogos fantásticos que van desde la
declaración de amor, hasta las peleas típicas de novios —que aunque llenan de
drama las relaciones, nos encantan—; y ya nos vemos con el anillo puesto:
casados.
El problema surge cuando nos ilusionamos sin haber recibido un feedback
positivo de parte de nuestro enamorado. Como decían las abuelas, cuando
“montamos antes de ensillar las bestias”.
Este síndrome, que a muchos afecta, y que arbitrariamente llamaré “enamorarse a
solas”, termina jodiéndonos la vida, y nos lleva incluso a hacer reclamaciones
fuera de lugar a una persona que nos encanta, que no conocemos lo suficiente, y
que además, no ha dado la más mínima muestra de interés en establecer una
relación de pareja con nosotros.
¿Quién no se ha “enamorado a solas”, o mejor, quién no se ha metido en videos
de amor, sin haber consultado si quiera con el otro, si le interesa ser
coprotagonista de esta película?
Para entender mejor el tema, basta revisar nuestro pasado escolar, allí nos
enamorábamos de un compañero de clase o de un profesor, y el pobre no se daba
ni por enterado.
Llenábamos cuadernos de poemas, le hacíamos regalitos, y escribíamos las
iniciales de los nombres de los dos encerradas en un corazón atravesado por una
flecha inclemente que lo atravesaba sin piedad.
Lo triste del caso, es que a pesar de que pasan los años, a muchos les sigue
sucediendo: se enamoran de una persona y terminan invirtiendo tiempo, energía y
dinero en relaciones que sólo existen en su imaginación, y que no se
fundamentan en la realidad, sólo en el deseo.
Botan todos los perros, invitan aquí y allá, hacen presentaciones del fulano en
sociedad, y terminan desilusionados.
Pero, ¿cómo saber cuándo estamos “enamorándonos a solas”? ¿Cómo diferenciar
entre una apuesta que vale la pena, frente a otra que no pasa de ser una
adulación constante al otro, que “no nos da ni la hora”?
De plano es importante felicitar a quienes tienen el talento de “echar los
perros” sin vergüenza alguna, ese que llega, pregunta la hora, invita a un
trago, y hasta pide fuego para prender un cigarrillo, como sucede en las
películas. Otros menos arriesgados, vemos pasar galanes frente a nuestras
narices, sin poder hacer nada por pena, o por complejo de mal conquistador.
Sea cual sea el caso, luego de hacer ese primer contacto ya podemos descubrir
qué tan interesado está el otro: si el fulano responde con monosílabos,
retírate; si el fulano te escucha, responde, pero jamás contrapregunta,
retírate; o si el fulano responde, contrapregunta, pero finalmente siempre
termina hablando de sí mismo, retírate. Es claro que por muy bello que te
parezca, tiene un elevado espíritu de diva, o simplemente tú no le produces ni
un mareo.
Es urgente desarrollar la capacidad para descubrir esas estrellas del
firmamento, a quienes les encanta ser cortejados, sólo para subirse el ego y
sentirse halagados. Esos que sonríen tímidamente y que luego de 100 palabras
bonitas que le sueltas, no son capaces de ofrecerte ni medio piropo.
Eso en cuanto a la adulación, pero pasando a otro tema, el del tiempo
invertido… Vale decir que es casi obvio que cuando tú eres el plan B, es porque
ese o esa no están interesados. En palabras más crudas, debes estar atento para
darte cuenta si el fulano sólo te llama para proponerte plan cuando no tienes
nada qué hacer.
En estos casos, se llega incluso al sexo, sin embargo, el personaje sale
corriendo de su casa justo después de que termina, sin darte muchas
explicaciones: apareció un mejor plan a las dos de la madrugada, su mejor amigo
lo necesita, o simplemente asegura que prefiere pasar la noche en su propia
casa… Mentiroso, mentiroso.
¿Quién no sabe que un buen amante con prospecto de marido adoraría quedarse
contigo después de una noche de pasión? Pero no, ese que no será tu marido, y
que te usa como comodín, seguramente huirá de la escena, es decir, de la cama,
tan pronto eyacule.
Y entrando en el espinoso tema del dinero, no hay cosa más evidente que “una
marraniada”. Me refiero al pretendiente vampiro que cada vez que se encuentra
contigo te desocupa la billetera.
De esos abundan, y si eres millonario y el dinero te sobra, ignora este aparte,
pero si perteneces a la clase trabajadora, abre los ojos, y no inviertas en
personajes que después de que los invitas a almorzar, los llevas al cine, y les
pagas la entrada al antro, se desaparecen luego de hacer el ingreso al lugar o
son incapaces de aparecerse con un chocolate en la siguiente cita. No se trata
del famoso y discutido 50-50, podría ser 90-10, lo importante es que el fulano,
no vaya siempre en coche.
En pocas palabras, abre bien los ojos y si alguien que llama su atención, y con
quien te proyectarías como pareja, se dedica a recibir tus halagos sin
manifestarte de vuelta el más mínimo interés, si te deja como última opción de
diversión, y si además, empieza a considerarlo cajero automático, es mejor que
domines tu ilusión y te retires del juego.
No te “enamore a solas”, no te haga videos en su cabeza si no estás seguro de
que hay una contraparte interesada en ti. Enamorarse es de dos, al resto
déjalos pasar.
|
A los gays ¿se nos perdió la belleza?
Los actuales cánones de belleza presentados en los medios se han convertido en
estereotipos a seguir. Se remplaza el amor por piel bronceada y tonificada, por
músculos. Los verdaderos detalles se pierden de vista cuando hay una enajenación
al cuerpo.
leer mas...
|
|
No
hay duda, la belleza se nos perdió en medio del afán por lograr parecernos al
estereotipo, a ese modelo de hombre o mujer perfectos que aparece cada segundo
en la televisión o en las revistas. Casi uniformados, amarrados a metros que
marcan medidas perfectas, confinados en las incómodas cámaras de bronceado, y
ensordecidos por el sonido de las máquinas en el gimnasio, perdimos de vista la
belleza, la de verdad, esa que cada uno capta sin influencia excesiva de un
designio o de un mandato poco democrático.
Al parecer, la reemplazamos por el amor a un uniforme de piel bronceada y
tonificada que compramos con sacrificio, sudor y dinero, y que intenta
homogeneizarnos para aplacar la delicia que supone la diferencia.
Hacernos iguales por dentro y por fuera parece la consigna, todo para
convertirnos en seres menos contestatarios y para invitarnos a la competencia
descarnada, pues cuando todos somos iguales no hay espacio para más, sólo para
competir. Muere el complemento, y muere la convivencia tranquila; muere la
admiración por lo distinto, pues nos ocupa el tiempo la comparación constante
con respecto a una meta común casi vacía: ser iguales a un canon de perfección.
No intento manifestar aversión por los gimnasios, los metros, las básculas, ni
las cámaras de bronceado; de hecho hacen parte cotidiana de mi vida, y me
generan satisfacciones sucesivas: algunas referidas a la autocomplacencia y al
buen funcionamiento de esta humanidad compuesta por músculos y sangre que hasta
hoy, funciona generosamente bien. Y otra satisfacción –más bien envenenada-,
que tiene como objeto agradar al resto del mundo y conseguirme un boleto de
aceptación en el grupo de los que responden, buscan, o se acercan al
estereotipo.
Esta última a veces me ha llegado a enceguecer y ha contaminado progresivamente
mi criterio de selección a la hora del cortejo, limitando mis ojos a escanear
carnes y tonos. Pero en este proceso de adicción también hay momentos en los
que la cabeza se mueve, y hoy precisamente desperté preguntándome si en el afán
por conocer a otro igual a todos, se me perdió de vista la belleza, ese rasgo
único que cada uno de nosotros esconde y tiene, eso que las enciclopedias
definen como “una cualidad presente en una persona que produce un placer
intenso a la mente, y que proviene de manifestaciones sensoriales, podría
definirse como el esplendor de la forma a través de la materia”.
Sí, eso se me perdió por un instante, se me escapó por desatención, decidió
irse porque lo ignoré demasiado: la capacidad para sorprender, la manera de
hablar, tu quehacer, la cara que haces cuando duermes, eso que te gusta, lo que
amas hacer, la manera cómo mueves las manos… esos descubrimientos se pierden de
vista cuando nos fijamos más en el uniforme de belleza de molde y procuramos
una relación en la que el otro figura como un elemento de prestigio con
reconocimiento popular –porque pertenece al estereotipo-, y terminamos
enamorándonos de eso hasta olvidar enamorarnos de lo que esta debajo de la
piel.
Pero esto ya lo han dicho muchos, e incluso figuraría para otros como un
discurso algo patético o como el descubrimiento del agua tibia. Sin embargo, va
un poco más allá, no para convertirse en la gran teoría del amor, sino para
responder un cuestionamiento que nos hacemos a menudo: ¿por qué no duran las
relaciones?
La respuesta supone muchos ítems, pero creo que esta belleza exigente y
repetida que hoy nos tiene hartos, parece tener algo de responsabilidad: nos
estamos enamorando con los ojos, y estos ojos ven mucha televisión y mucha
revista reproductora de realidades aspiracionales en términos de belleza.
En sus manos se pierde el enamoramiento, pues hay miles de cuerpos iguales por
ahí circulando, y al cruce de otro con unos centímetros de más en volumen, y
marcaciones más precisas, los ojos se van y se empalagan hasta abandonar al
anterior, porque el nuevo se acerca más a la perfección.
No hay duda, tanta dedicación exclusiva a decorarnos por fuera, casi hasta
encandelillar con tanta belleza en soledad, parece generar un efecto corto,
mientras la estupidez que nos corroe por dentro será mucha y muy fértil.
Tampoco se trata de salir corriendo de los centros deportivos, llevar a la
quiebra a los sitios de bronceado, o dejar de salir a la ciclovía, pues es tan
exagerado el que se dedica -sin más objetivos- a hipertrofiar su cuerpo en el
gimnasio como aquel que lo descuida por completo. Más bien, se trata de pensar
que el cuerpo y la cara -esas formas inmediatas que nos permiten ser
identificables- siguen siendo importantes, pero no pueden ser anzuelo o carnada
que engaña a quien se acerca esperando encontrar algo más que un primer
zarpazo. Sólo si lo entendemos así podremos llegar a leer a los otros de manera
más rigurosa y descubrir lo que hay detrás de tanta masa en perfecta proporción.
|
Etiqueta y protocolo en la cama
Si bien es cierto que por más humanos que seamos seguimos siendo “muy animales”, debo confesar que soy absolutamente seguidor y amante del control de esa química orgánica que nos lleva a oler y saber de una forma muy particular.
leer mas...
|
|
Si bien es cierto que por más humanos que seamos seguimos siendo “muy animales”, debo confesar que soy absolutamente seguidor y amante del control de esa química orgánica que nos lleva a oler y saber de una forma muy particular.
En palabras más directas, hoy quiero hacer una denuncia pública de la constante violación de lo que llamo “derechos invisibles en la cama”. Y cuando hablo de tales derechos me refiero a los mínimos de respeto que suelen romperse cuando decidimos echarnos un polvito, o acostarnos con la pareja de turno. Derechos que relaciono directamente con la higiene corporal, que en muchos casos está muy olvidada.
Aunque parezca horrible hablar de estos temas, ¿a quién no le ha salido un amantico con sorpresa? Esos que vestidos huelen delicioso, pero que desvestidos sacan corriendo hasta al más diplomático de los afectados por sus apestosos olores. ¡Por Dios señores! A todos nos habrá tocado soportar en silencio, esos abusos de fulanos poco considerados y faltos de sentido común, ese sentido que nos lleva a darnos un buen bañito cuando sabemos que hay conquista posible.
¿De cuándo acá le damos validez a la sentencia de algunos conchudos que aseguran que cada parte del cuerpo debe oler a lo que produce o expulsa? ¡Por favor!
Empecemos de arriba hacia abajo… El aliento: por cortesía básica o “protocolo gay”, no queda mal revisarlo de vez en cuando, ese suele ser el primer contacto que amarra o debilita cualquier posibilidad de encuentro sexual o rumbeo. Si bien es cierto que resulta aburrido andar con cepillo de dientes en el bolsillo trasero del pantalón, si queda fácil mantener una higiene juiciosa que nos haga menos susceptibles a tener mal olor de boca. Además, inventos benditos como el Halls o los spray de menta, pueden ayudar luego de una comida o de varios tragos sucesivos en la rumba.
Caminando el delicioso cuerpo masculino, seguimos descendiendo y nos encontramos con las axilas o sobacos (palabra de mi abuelita), que particularmente figuran entre los fetiches más disfrutados por mí, es decir, me encantan las axilas masculinas: besarlas, olerlas, mirarlas, explorarlas, en fin, rayones de mi cabeza. Sin embargo, debo confesar que en más de una ocasión me he quedado con las ganas, porque pareciera que algunos señores no se pasan el jabón por allí. Caminas, vas al gimnasio, duermes, y la química hace lo que debe, así que no queda mal cuidarlas para que al estirarse en la cama a la hora del “acto amatorio”, los brazos puedan abrirse sin miedo, y así, quienes nos derretimos con ese pedacito de cielo donde confluyen el bíceps, el pectoral, y algunos vellos bien cuidados, podremos darnos un banquete de morbo.
Un poco más abajo está el pene. Pobrecillo, se cree que no requiere de baño profundo. A conciencia… ¿Cuántos no hemos sufrido el empuje violento de la mano de quien espera un blow job, y al que nos negamos porque al señor “eso” le huele a muestra de orina”? ¿Quién se inventó que es normal que el pene huela a “chi chi”?
En este caso quienes son circuncidados corren con suerte, su glande está expuesto, y se libran de algunos problemillas, que con disciplina, podemos capotear quienes contamos con prepucio, es decir, quienes tenemos capuchón. Disciplina señores: durante el baño es prudente abrirlo para que cualquier residuo desaparezca, y a la hora de ir a orinar en medio de una toma de cervezas, es bueno correr el prepucio para evitar que más tarde alguien se niegue a satisfacer sus deseos. Además, está comprobado, que aún con prepucio, es posible acostumbrase a tenerlo corrido, es decir, a que permanezca replegada para que el glande respire las 24 horas del día.
Dando un giro a esta misma altura de la exquisita anatomía masculina, llegamos a la zona posterior. Allí, allí mismo, lo que usted se está imaginando: “el culo”. Si bien es cierto que no es una mina de oro, y que de allí no salen piedras preciosas, sí es cierto que puede estar limpio al 100%. Para no entrar en detalles desagradable, basta recordarles a todos que el jabón existe, y que por protocolo gay, es mejor abstenerse de solicitar trabajos sexuales en esta área, si no se está completamente seguro de una inmaculada presentación. Evite que su pareja pierda lo que llamo “la confianza higiénica”, eso que le permite a un fulano atreverse a recorrerlo sin prevención una y otra vez porque está seguro de su limpieza absoluta. No nos digamos mentiras, luego de haber encontrado algo no esperado en medio de un encuentro sexual, se genera una prevención que difícilmente desaparece.
Ahora bien, accidentes pueden suceder… Pocos pueden asegurar que jamás les ha pasado algo inesperado en medio del acto, pero se entiende que son gajes del oficio, que no siempre se pueden “controlar”. Usted entiende a qué me refiero. En esos casos simplemente relájese y tómelo con naturalidad.
Para finalizar este delicioso recorrido, llegamos a los pies. Mmmmmm ¿Acaso hay algo más sexy que un hombre con pies pulcros usando sandalias en la playa? Algunos estarán de este lado y me darán la razón, a otros les dará igual, pero ¿por qué diablos tener uñas de ave rapaz? Además, si su química corporal no le ayuda… hay productos para mantenerlos frescos y “listos para un beso” como dicen los comerciales de chiclets.
En fin, aunque lo que he escrito pueda parecer obvio para muchos, para otros aún hace parte del mundo desconocido de la higiene corporal, los derechos invisibles en la cama, o la etiqueta amatoria. Sin embargo, sea cual sea el caso, preparándose para un encuentro, o estando siempre listos en esta materia, disfrutaremos de relaciones sexuales más largas y creativas, y sobre todo, nos liberaremos de la aburrida “ansiedad penetrativa”, esa que lleva a la gente a terminar enganchados en menos de dos minutos… porque con un cuerpo sucio, no hay nada más que hacer: penetrar y terminar. En esos casos el contacto corporal, la exploración, el erotismo y el morbo, desaparecen del mapa.
Como dice un amigo: “para gustos, colores”, es decir, si a usted eso de recorrer el cuerpo no le interesa, lo respeto. Pero para quienes esperamos más que “la estocada final”, que de hecho no debería ser obligatoria, resulta mejor contar con un territorio limpio y listo para ser recorrido.
Y recuerden, no le pidamos tanto a Dior, Calvin Klein o Yves Saint Laurent, sus lociones no taparán la suciedad, sólo lograremos camuflar infructuosamente algo que luego del agite, saldrá inevitablemente a flote.
|
Enamorado o "Envideado"
Lo que está en juego en el proceso de enamoramiento, que algunos explican con argumentos biológicos y químicos, es una atracción inusual hacia una persona que de repente se nos aparece en la vida.
leer mas...
|
|
La carne que lleva puesta nos parece atractiva; nos encanta lo que dice, cómo lo
dice, y hasta perdonamos actitudes que odiamos en los demás. Y por supuesto, se
empieza a gestar una ilusión con este nuevo personaje: nos imaginamos con él en
la próxima navidad, creamos diálogos fantásticos que van desde la declaración de
amor, hasta las peleas típicas de novios –que aunque llenan de drama las
relaciones, nos encantan-; y ya nos vemos con el anillo puesto: casados.
El
problema surge cuando nos ilusionamos sin haber recibido un feedback positivo de
parte de nuestro enamorado. Como decían las abuelas, cuando “montamos antes de
ensillar las bestias”.
Este síndrome, que a muchos afecta, y que arbitrariamente
llamaré “enamorarse a solas”, termina jodiéndonos la vida, y nos lleva incluso a
hacer reclamaciones fuera de lugar a una persona que nos encanta, que no
conocemos lo suficiente, y que además, no ha dado la más mínima muestra de
interés en establecer una relación de pareja con nosotros.
¿Quién no se ha
“enamorado a solas”, o mejor, quién no se ha metido en videos de amor, sin haber
consultado si quiera con el otro, si le interesa ser coprotagonista de esta
película?
Para entender mejor el tema, basta revisar nuestro pasado escolar,
allí nos enamorábamos de un compañero de clase o de un profesor, y el pobre no
se daba ni por enterado. Llenábamos cuadernos de poemas, le hacíamos regalitos,
y escribíamos las iniciales de los nombres de los dos encerradas en un corazón
atravesado por una flecha inclemente que lo atravesaba sin piedad.
Lo triste del
caso, es que a pesar de que pasan los años, a muchos les sigue sucediendo: se
enamoran de una persona y terminan invirtiendo tiempo, energía y dinero en
relaciones que sólo existen en su imaginación, y que no se fundamentan en la
realidad, sólo en el deseo.
Botan todos los perros, invitan aquí y allá, hacen
presentaciones del fulano en sociedad, y terminan desilusionados.
Pero, ¿cómo
saber cuándo estamos “enamorándonos a solas”? ¿Cómo diferenciar entre una
apuesta que vale la pena, frente a otra que no pasa de ser una adulación
constante al otro, que “no nos da ni la hora”?
De plano es importante felicitar
a quienes tienen el talento de “echar los perros” sin vergüenza alguna, ese que
llega, pregunta la hora, invita a un trago, y hasta pide fuego para prender un
cigarrillo, como sucede en las películas. Otros menos arriesgados, vemos pasar
galanes frente a nuestras narices, sin poder hacer nada por pena, o por complejo
de mal conquistador.
Sea cual sea el caso, luego de hacer ese primer contacto ya
podemos descubrir qué tan interesado está el otro: si el fulano responde con
monosílabos, retírese; si el fulano lo escucha, responde, pero jamás
contrapregunta, retírese; o si el fulano responde, contrapregunta, pero
finalmente siempre termina hablando de sí mismo, retírese. Es claro que por muy
bello que le parezca, tiene un elevado espíritu de diva, o simplemente usted no
le produce ni un mareo.
Es urgente desarrollar la capacidad para descubrir esas
estrellas del firmamento, a quienes les encanta ser cortejados, sólo para
subirse el ego y sentirse halagados. Esos que sonríen tímidamente y que luego de
100 palabras bonitas que usted suelta, no son capaces de ofrecerle ni medio
piropo.
Eso en cuanto a la adulación, pero pasando a otro tema, el del tiempo
invertido… Vale decir que es casi obvio que cuando usted es el plan B, es porque
ese o esa no están interesados. En palabras más crudas, esté atento para darse
cuenta si el fulano sólo lo llama para proponerle plan cuando no tiene nada qué
hacer.
En estos casos, se llega incluso al sexo, sin embargo, el personaje sale
corriendo de su casa justo después de que termina, sin darle muchas
explicaciones: apareció un mejor plan a las dos de la madrugada, su mejor amigo
lo necesita, o simplemente asegura que prefiere pasar la noche en su propia
casa… Mentiroso, mentiroso.
¿Quién no sabe que un buen amante con prospecto de
marido adoraría quedarse con usted después de una noche de pasión? Pero no, ese
que no será su marido, y que lo usa como comodín, seguramente huirá de la
escena, es decir, de la cama, tan pronto eyacule.
Y entrando en el espinoso tema
del dinero, no hay cosa más evidente que “una marraniada”. Me refiero al
pretendiente vampiro que cada vez que se encuentra con usted le desocupa la
billetera. De esos abundan, y si usted es millonario y la plata le sobra, ignore
este aparte, pero si usted hace parte de la clase trabajadora, abra los ojos, y
no invierta en personajes que después de que usted los invita a almorzar, los
lleva a cine, y les gasta la entrada a la discoteca, se desaparecen luego de
hacer el ingreso al lugar o son incapaces de aparecerse con un chocolate en la
siguiente cita. No se trata del famoso y discutido 50-50, podría ser 90-10, lo
importante es que el fulano, no vaya siempre en coche.
En pocas palabras, abra
bien los ojos y si alguien que llama su atención, y con quien usted se
proyectaría como pareja, se dedica a recibir sus halagos sin manifestarle de
vuelta el más mínimo interés, si lo deja como última opción de diversión, y si
además, empieza a considerarlo cajero automático, es mejor que domine su ilusión
y se retire del juego. No se “enamore a solas”, no se haga videos en su cabeza,
si no está seguro de que hay una contraparte interesada en usted. Enamorarse es
de dos, al resto déjelos pasar.
|
Los miedos y angustias de ser gay
¿A qué le tememos los gay? ¿Cuáles son nuestros temores más comunes? ¿Qué nos trasnocha? Lo cierto es que al pasar el tiempo, esos miedos desaparecen, gracias a nuestra destreza para enfrentarlos, y a la capacidad que ganamos para encararlos.
leer mas...
Se dice que cuando un hombre llega a los cuarenta, el temor frente a la potencia de sus erecciones lo trasnocha. También comentan, que si bien las mujeres heterosexuales ya no se preocupan si no tienen marido a los 25, empiezan a asustarse cuando los treinta y ocho se sienten cerca y nada de nada.
Podemos decir que nuestra corta carrera en la vida pública de ésta sociedad nos exime de declarar una línea de riesgo con respecto a la edad y al hecho de tener o no tener pareja… ¡Un peso menos encima!
Tampoco nos sugieren un número de hijos, ni la consecución de una casa con terraza, además del labrador dorado para completar la familia, todo empacado en una camioneta pick up. No quiero decir que esas exigencias estén mal, sólo que no nos tocan tan a fondo.
Pero bueno, lo interesante del caso es que al pasar el tiempo, esos miedos desaparecen, gracias a nuestra destreza para enfrentarlos, y a la capacidad que ganamos para encararlos.
Algunos se estocan sin mucho esfuerzo, a otros es más complicado darles la cara, aunque los coqueteos para desterrarlos de nuestras vidas siempre están presentes; sin embargo, uno que otro miedo se nos pega a la piel como la miel, gracias a nuestras incapacidades, a las circunstancias, o simplemente gracias a la premura de la muerte para llevarnos con ella, porque, incluso, nos llevamos algunos miedos tres metros bajo tierra, o como compañía al horno donde -no sé a cuantos grados- nos convertimos en cenizas.
Para hablar de las batallas ganadas y procurando no caer en imprecisiones, me limitaré a mi experiencia. Por ahora tengo veintinueve años , así que hablaré de esos miedos que me atormentaron hasta hoy.
De los actuales no hablo, porque los miedos son como los problemas, cuando se vuelven públicos, se desbordan.
Aquí vamos, una confesión abierta de aquello que ya no me atormenta, quizás usted se identifique, quizás no lo haga del todo, lo importante es que se encuentre con uno que otro miedo propio, sólo así es posible liberarse de ellos.
Debo empezar por decir que le perdí el miedo a mi padre; ya no soy un apéndice suyo; crecí, ahora él sabe que soy un hombre adulto y que el chantaje no me hará cambiar de parecer.
No me interesa pertenecer a su tribu, me interesa ser un individuo dentro de ella, para más adelante tener la posibilidad de liderar la mía propia, gracias a mis características únicas; de todas formas, él fue quien me enseñó la valentía, y si pretende que sea su igual, puede declararse víctima de su propio invento.
Si mi padre me invitara a negociar su abrazo, de entrada le diría que para mí no es negociable el olor a hombre, el carácter masculino, el pecho cuadrado, ni mucho menos mi casa colonizada por la testosterona. Sé que mi padre me ama, y que no tuve que ser lo que soñó cuando me planeaba como un retrato suyo.
Hoy no le tengo miedo a parecer maricón frente a los amigos machos de mi hermano, ya ni siquiera los veo, algunos son profesionales, otros no sé que son. Además ya no me gustan, pues no constituyen el único universo masculino que por sus límites tan estrechos, me llevaba a enamorarme de ellos y a temer que se dieran cuenta de que era marica.
Hoy los puedo mirar a la cara sin miedo, aunque hace algunos años me avergonzara porque una que otra vez me descubrieron alzando la pierna a 180 grados, imitando a los bailarines de la televisión… sólo porque soñaba con ser bailarín, y no precisamente coronel o abogado, como los hombres.
Tampoco le temo a la Iglesia, pues aunque algunos de sus miembros me señalen como enfermo o incapaz de formar un matrimonio, sé que mienten y que no son coherentes porque sus aseveraciones discriminatorias se alimentan de su incapacidad para gritar a los cuatro vientos que aman a su monaguillo de turno.
No les temo porque descubrí su actitud coercitiva y obstinada, detrás de la cual se anida y reproduce la intención de tratarme como una oveja mansa y estúpida.
¿Cómo es posible que en este milenio inviten a los electores a no votar por los políticos que incluyen en su agenda el tema de los derechos de los homosexuales? ¿Qué tienen en la cabeza? ¿Qué más pretenden si ya tienen sus arcas llenas?
Hoy tampoco le temo a mi cuerpo. Ya no me pongo botas de tacón para verme más alto, con mis 1,65 tengo suficiente.
Tampoco me pruebo hombreras de mi mamá a escondidas para parecer más acuerpado -como lo hacía a los dieciséis-, pues ya no creo que entre más fuerte parezca me voy a ver más masculino para evitar la evidencia. Sólo me interesa verme como lo que soy: gay.
Mucho menos me lamento si al vestirme no dejo ver mis puntos fuertes, hoy sé que cuando el tiempo pase, mis músculos se cansarán y tendré que hablar y comportarme de manera interesante para ser visto. Es eso lo que debe ocuparme ahora.
Ahora uso sin miedo el rosado, el amarillo pastel y el azul celeste; me pongo lo que me gusta. Si me queda bien, lo llevo. No importa si está en la sección de hombres, mujeres o niños, todos ofrecen grandes posibilidades: un buen pantalón de hombre es perfecto para ser coherente con el declive de mi interés por mostrarlo todo –los de hombre son menos apretados- , un sweater de lana de mujer es preciso para quienes somos menudos, y una camiseta de niño talla catorce siempre es útil para bailar.
Además, me divierto al salir del almacén, pues los vendedores comentan y se ríen metidos en sus pantalones bolsudos, orgullosos de llevar sólo prendas de macho. A ellos tampoco les tengo miedo.
No me da miedo escribir sobre mi vida. Lo que cuento nos pasa casi a todos, sólo que con algunas variaciones de intensidad. ¡Esta es la vida! y cuando se registra hacemos más evidente su paso, las ganancias, y también las pérdidas.
Esconderse no enloquece, pues muchos viven así sin problema, es sólo que comunicar es lo que me gusta, con un plus: me desvanece por completo la paranoia por ser descubierto, la misma que antes me atormentaba.
No me interesa inventarme una novia en mi trabajo por temor a no ser aceptado, ahora estoy seguro que mis talentos se potencializan al estar apoyados en mi libertad.
Mucho menos temo expresar mi molestia a mi equipo de trabajo, si tuvieron un bajo nivel o se equivocaron, lo digo. Y si tengo que ser enfático y cambiar el tono, me tiene sin cuidado que cuando me vaya digan que “la loca se emberracó”.
Ya no me importa que me califiquen a mis espaldas, yo les doy la cara para que lo hagan sin restricción... “ser monedita de oro” tampoco hace parte de mi proyecto de vida.
Y lo más importante, ya no me tengo miedo, ni siquiera me interesa saber si soy gay producto de los genes o del entorno socio cultural. Me hace feliz ser gay, y no ocuparé mi tiempo descifrando cosas que la ciencia y los teóricos quizás nunca logren dilucidar. No siento culpa por ser lo que soy, estoy aquí y eso es lo que importa.
Una aclaración para cerrar: con esta confesión no quiero decir que estoy salvado o que hago parte de una dimensión superior a la humana, pues como lo dije al comenzar, estos son sólo algunos de mis miedos enfrentados, la lista de los que aún me ponen trabas es tanto o más larga que esta. Aún tengo miedo.
|
Vivir con el novio... ¿tan bueno como lo pintan?
Todo empieza paso a paso, aunque uno quisiera que fuera más rápido. Pasan un par de días luego de un levante acertado y el hombre ya tiene cepillo de dientes en la casa de quien tiene mayor libertad para hospedarlo.
leer mas...
Ese levante acertado incluye el gusto físico y la afinidad en la cama, sin dejar fuera las coincidencias a nivel personal, y la aceptación y celebración de su posición socio cultural. También el encaje gradual en el grupo de amigos, y hasta coincidencias en planes futuros, que suelen plantearse prematuramente pero que hacen parte del romanticismo. En otras palabras, ese levante exitoso nos hace sentir que el fulano pasó las primeras pruebas.
Por esos días, los dos quisieran dormir juntos y compartir la mayor cantidad de tiempo. Hablan varias veces al día y durante el fin de semana pueden satisfacer a la necesidad tan intensa del Otro.
Durante esta etapa, si el enamoramiento se da al 100%, nada parece molestarnos de ese nuevo personaje: el espacio es suficiente, sus cosas le caben en el closet, y no importa modificar la distribución de las mías, para darle lugar a una que otra "mudita de ropa" que el invitado trae consigo. Cocinan juntos, se acuestan felices, al amanecer disfrutan del sexo sin lavarse los dientes, y hasta las acciones propias de todo mortal pasan a ser familiares. Lo único incómodo de estos días es saber que el otro se va en algún momento para su casa, y que uno se queda a solas con su soledad de toda la vida.
La relación madura un poco y con el tiempo llegan los conocidos paseos o salidas de amigos. Dependiendo de la posibilidad económica de cada caso, pueden incluir acampar, Villa de Leyva, Melgar, Cartagena o, incluso, movimientos al otro lado del océano… ¡Qué suerte tienen algunos! Durante estos viajes los involucrados en la relación sienten que son un matrimonio, y si el rayón es profundo -como en casi todos los casos, incluyéndome-, se sienten repitiendo la historia de sus padres cuando iban de paseo, sólo que sin niños.
“Yo te llevo tu maleta, tú llevas la mía, ¿trajiste todo? Mi vida, ¿dónde esta el enjuague bucal? No se te olvide empacar la ropa sucia”. - ¡Qué frases más lindas! - “Que el desayuno para los señores de la habitación 501.
Los de la 501 también van al paseo por la isla, somos dos para la foto”, en fin, ya no estamos solos, pensamos ahora en plural, decimos “nosotros”. De alguna sentimos que pertenecemos a alguien, y que alguien nos pertenece, que somos manada. No importa que suene enfermo y que el psicólogo nos regañe por aquello del “apego”.
Estamos felices porque hemos trascendido del rumbeo en el baño de la disco, estamos un paso adelante de la mirada en la calle que finalmente nos llevó a conocernos, o vencimos los pronósticos del amigo que nos presentó buscando que lográramos una historia bonita.
Ese paseo es una prueba reina, un espacio donde se mide la capacidad de adaptación en conjunto. Donde se sabe si el otro nos soporta un poco más que en las condiciones de visita. En esos paseos o todo se acaba, o llegan más casados que nunca.
Es más, cuando se llega del paseo, es casi doloroso separarse, saber que cada uno irá a su casa. Sería mejor llegar a casita juntos, poner la ropa sucia en la lavadora, y pasar las fotos al computador para así recordar que tan felices fueron en esos tres días, o si el bolsillo dio para más, esa semana de derroche.
Pasan los meses, y el fulano ya se ha quedado en casa, pasearon juntos, y se empiezan a barajar las cartas de la convivencia: “qué mamera trastear ropa, tenemos espacio aquí, nos hacemos falta”, en fin, las razones románticas sobran, además, de la disminución de gastos que supone compartir casa con otro.
En algunos casos los dos están de acuerdo en que el momento de mudarse juntos ha llegado, otras veces hay uno más escéptico, pero en fin, se lanzan al ruedo: TOCA ENTREGAR LAS LLAVES DE LA CASA DE UNO DE LOS DOS, O COMPARTIR ALGUNAS DE UN LUGAR QUE JUNTOS HAN CONSEGUIDO. Esa parece ser una frase simple pero encierra mucho. De un lado supone una compañía constante y deliciosa. Una experiencia nueva, y un sentido de comunidad que nos hace sentir en familia de nuevo Pero además, al ENTREGAR LAS LLAVES parecen irse varias cosas: la libertad, el espacio, la comodidad en la cama, la posibilidad de estar solo, y hasta la emoción de ver al otro llegando de visita…
¿Cómo olerá hoy, cómo se verá?, ¿qué me pongo para sorprenderlo?. Se va también la posibilidad de decirle al otro que se le extraña, y a veces, hasta la pasión se desvanece porque la cotidianidad pasa una cuenta de cobro muy alta. Vivir en pareja supone ahorro de gastos, compañía extra y la consolidación de una relación. Sin embargo, puede convertirse en un dolor de cabeza para muchos. Se que muchos saltarán a refutar estas afirmaciones, pero como en otras ocasiones, es sólo una postura subjetiva que tiene nombre propio. Y de hecho, no desconozco que la convivencia tiene ciertas cosas positivas, pero las negativas ganan la partida.
Prosigo… la libertad es un bien que no puede cederse, y que debe cuidarse con valor. Sentarse en la cama a leer, o dejar la luz prendida hasta muy tarde para revisar documentos, dormir atravesado, escribir, y hasta cocinar o no, pueden ser placeres que se diluyen compartiendo todo el tiempo con la pareja. Y es el tiempo en soledad lo que nos hace únicos, e incluso más productivos, porque la soledad es también caldo de cultivo para la creatividad.
En ese tiempo es que construimos algo para mostrarle al otro, y compartirlo con él. Puede que en medio de tanto apapache nos olvidemos de que somos uno. Aunque desde el principio se fijen reglas del tan mentado “respeto del espacio”, es casi imposible –desde mi óptica- respetar el espacio de otro cuando se vive en un apartamento de 50 metros cuadrados. Típicos lugares impuestos por la modernidad, en donde al hacer un paneo por el espacio se puede apreciar que ese otro que antes era visitante, hoy ocupa todos los rincones de la casa que antes me pertenecía. Si antes eran ocho pares de zapatos ahora serán dieciséis, el closet no es suficiente.
El televisor se convierte en un punto de discordia. Dejar los platos para lavar hasta mañana o guardar cuidadosamente la ropa luego de quitársela en la noche en lugar de tirarla por ahí, pueden ser otros aspectos que generen mínimas diferencias que con el tiempo llenan la copa de la paciencia.
¿Por qué?
Porque traemos una larga historia a cuestas; aunque no queramos aceptarlo todos tenemos mañas o costumbres que esperamos sean respetadas. Y qué decir de las actividades que generalmente se hacen en solitario: repetirse una película, leer un buen libro, reflexionar sobre lo que sucedió en el día… eso de a dos no se puede hacer tan fácil. ¿Y la pasión?, ¿dónde queda la magia de la sorpresa? Bienaventurados aquellos que siguen viendo con extremo deseo ese cuerpo que reposa de día y de noche junto al propio.
Que también puede terminar pareciendo un elemento más que pasa desapercibido como sucede con unos zapatos que usamos a diario.
Todo termina siendo una tarea en común, propia de compinches: el ejercicio, la depilada, el bronceo, la mascarilla para que me sienta más suave, los truquillos que encantaban al otro y que antes no se revelaban… ahora nada parece pertenecerle sólo a uno. No podemos negar que al estar juntos compartiéndolo todo tendemos a convertirnos en buenos compañeros de apartamento que llevan una lista de actividades y números que al final del mes se dividen en dos… Ya ni una invitadita a comer como detalle o celebración, porque todo ahora hace parte del fondo común.
¿Cómo ser pareja en medio de un contrato de convivencia donde los números y las reglas parecen ser protagonistas? ¿Cómo no agotarse con tanta presencia del otro, o para ser más exactos, con tanta omnipresencia? Seguramente quienes trabajan demasiado, viajan a menudo, o tienen una gran extensión como casa logran olvidarse por momentos de que el otro parece ser una sombra que les persigue de día y de noche. Quizás en esas condiciones especiales las cosas vayan bien.
Por mi parte –y mientras viva en un espacio tan pequeño- prefiero que él tenga su casa y yo la mía, que me extrañe y que añore estar conmigo al siguiente día, y no terminar empalagándolo como manzana cubierta por melado dulce, típica de parque de diversiones.
Prefiero esperarlo, quedarme sólo con su recuerdo por algunas horas y disfrutar del silencio, la soledad y los cuestionamientos que surgen en esas circunstancias tan especiales.
Prefiero no entregar las llaves, sólo compartirme de a poquitos, no quiero acabar desdibujado. Y nuevamente, quienes logran convivir plenamente con éxito, qué bueno, algunos fracasamos en el intento, será en una próxima ocasión.
|
La experiencia gay de ligar y
traspasar el Internet
Para iniciar debo confesar que antes de ingresar al mundo cibernético, consideraba un poco estúpida la práctica del ligue por internet. Hoy me retracto de tal afirmación y me sumo a los cientos de cibernautas que encuentran en el teclado y las pantallas de computador, un espacio fértil para ligar.
leer mas...
Todo
empezó por la curiosidad que me producía el éxito de algunos amigos en estos
asuntos. Ingresé a una de las tantas páginas en internet y abrí mi perfil.
Lo primero era escoger un nickname atractivo y que no sonará muy tierno, pues
lo que quería era “follar”, así que patito28 y kittyconganas quedaron
descartados. Tampoco podía parecer muy ofrecido porque no quería figurar como
ansioso, entonces quedaron fuera del juego conganasdepito y cómeme28. Fue así
que me decidí por uno que mezclara el nombre play que siempre quise tener y que
mi papá no me dio por ponerme un nombre extranjero al que me tocó
acostumbrarme, mezclado con una palabra que definiera alguna de mis
aberraciones. Me bauticé sebastianvoyer.
Ya tenía el perfil, la tarjeta prepaga de internet y la arrechera en su máximo
nivel, pues por esos días el verano que pasaba superaba cualquier cosa. Entré y
el miedo de hacer pública mi participación en estos lugares virtuales me
impidió poner una foto. Todos mis amigos y conocidos estaban inscritos, y no quería
quedar en evidencia, ¡que tontería!, ¿quién se inventó que tener perfil, tener
ganas de ligar y ofrecerse como una mercancía por catálogo es un pecado?
Respuesta: seguramente los mismos que en alguna época nos enseñaron que ser
gay, pasivo, y botar plumas hacen parte de los pecados mortales.
No podemos negarlo, de alguna manera al “colgarnos” en la red nos convertimos
en piezas que describen sus características básicas para gustar y atraer
“clientes”.
Profesión, tamaño del pene, estatura, rol, consumo de drogas o alcohol, vello y
tipo de cuerpo son sólo algunas de las preguntas que deben contestarse para que
quien está al otro lado se haga una imagen básica y decida si nos invita a
chatear, nos da su teléfono y de golpe nos come.
Y volviendo a la foto, la ausencia de ésta en el perfil hizo que jamás fuera
visitado; hecho que hoy considero tonto porque para ese momento ya estaba
absolutamente fuera del clóset.
Conclusión: sin foto el levante es una tarea titánica, como dicen los churritos
del Chat: No Picture, No Answer.
Cuando la paranoia había pasado, y cuando había desaparecido el miedo a que los
demás pensaran que estaba buscando hombres en la red -pues muchos tememos
quedar como buscones solitarios incapaces de pescar partidos en lugares más convencionales-
… cuando todo eso se había ido puse una foto y llegaron visitas a mi perfil, la
señal de Nuevo Mensaje titilaba y el sonidito me sabía a gloria.
“Estás rico, quiero comerte o me gustaría conocerte”, son los distintos
calibres de los mensajes que llegan. Unos me parecían atractivos, otros
conocidos y otros me excitaban pero me producían desconfianza porque su foto se
limitaba al primer plano de su miembro erecto y sediento sin depilar; debo
confesar que me daban ganas de responderles, pero como dice un amigo erudito en
el tema: si no muestra algo del cuerpo, vestido o desvestido, es porque lo
tiene muy refundido y su carnada se limita a su miembro viril... Y aunque se
trate de un ligue sin trascendencia, hacen falta los besitos.
La primera cita no tardó el llegar; cruzamos un par de palabras y queríamos
vernos: “¿qué buscas? SEXO. ¿Dónde estás? CHAPINERO. ¿Act o Pas? LO QUE SALGA.
¿Vas al gym? A VECES. ¿Quieres venir? PREFIERO QUE VENGAS. ¿Tienes cel? SÍ, 300
6… “.
Hablamos, le di la dirección y llegó a mi casa. Se anunció, timbró y en dos
minutos estábamos sentados en el estudio hablando naderías primarias. El tipo
no me gustó, la foto le ayudaba en demasía… Bueno, como a todos, las fotos
guardan sólo un segundo perfecto, no hay movimiento, no hay flacidez, sólo
estómagos escondidos y culos hacia fuera. Y si son de estudio, suelen tener una
leve luz sepia que nos hace parecer más bronceados, además de los contraluces
que marcan lo poco o mucho cóncavo y convexo que forma nuestros cuerpos: casi
siempre puro truco, sólo realidades aproximadas, o instantes irrepetibles.
Mi ligue se fue. Son las nueve de la noche del domingo y quedé con ganas. No
puede ser que toda una tarde de trabajo en el chat termine en frustración.
Entro de nuevo y tengo un mensaje de un hombre cuyo nickname es bastante
femenino en contraste con unas fotos de un cuerpo voluminoso en una playa.
Cruzamos mensajes, lo llamo y una hora más tarde hay otro tipo timbrando en mi
apartamento.
Abro la puerta y su cara se me hace demasiado familiar, lo conozco, se trata
del ex de un conocido. Nos reímos, nos sentamos en el sofá, y nos burlamos de
las coincidencias de la vida para tener tema de conversación. El tipo huele
bien, y está muy bueno, es de los 100% reales; su cuerpo es tal cual, y es uno
de esos tipos con los que uno jamás espera acostarse porque además es casi de
la farándula.
Son las diez y media y toca arriesgarse. “¿Y entonces? Respuesta: entonces qué
¿Le hacemos o no? Respuesta: hagámoslo.”
Dejamos el sofá y nos metemos a la cama. ¡Qué buen polvo!, con el tipo más
divino, es lo que se llama suerte de principiante.
El tipo se va y yo me quedo con una sonrisa en la cara convencido de que
internet es lo máximo.
Pasan los días y sigo en el juego. Mi casa se convierte en un lugar común para
algunos que si bien al salir no se llevan mucho de mí, me abrazan con fuerza
por un rato y me quitan la ansiedad producida por mi prole almacenada, la misma
que jamás poblará esta tierra.
Unos guapos, otros no tanto; otros que no me despiertan nada, sólo hablamos
rico y se van; otros rebuenos con los que no se habla, y otros deliciosos con
los que además sigo hablando todavía.
Las visitas a mi perfil empiezan a bajar y subir, depende de la semana, la
foto, o la suerte, pero no faltan los hombres que me quieran descolgar de la
página para llevarme a su cama o venir a la mía.
Mientras conozco gente, poco a poco me entero que quien se acostó conmigo ya
pasó por el cuerpo de algún amigo, y también me entero por otros de las
referencias que mis huéspedes ocasionales dan acerca de mí. Todo de la manera
más sutil, sin nombres propios, sólo referencias simples al recordar a aquel de
los ojos verdes anudados a profesiones específicas, posesión de mascotas o el
recuerdo de un cuadro llamativo en la pared de la sala de uno de los implicados
en esta red de hombres que nos movemos en el tire y afloje de la oferta y la
demanda en un espacio virtual.
En fin, éste mundo es un pañuelo. De golpe me he acostado contigo lector,
porque todos nos estamos dejando seducir por esta forma de ligue, que a algunos
les sacia la básica excitación, y ¿por qué no?, que a otros les puede traer un
amor.
Pero ojo, no olvides avisarle al portero en turno de tu edificio que un sexy
ejemplar masculino no puede sacar sus electrodomésticos de la casa, y que el
ingreso de armas no está permitido. ¡Ah!, y si visitas la casa de otro, llama a
tus amigos y cuéntales dónde estás, diles que si en un tiempo límite no te
reportas, que vengan a buscarte. Que por un polvo cibernético, no te conviertas
en un ser celestial.
|
Gays afeminados: el orgullo de la diversidad sexual
Las plumas protegen a los polluelos del frío. Adornan los cuellos y los cuerpos de mujeres, travestis y transformistas cuando hacen parte de su vestuario. También nos permiten disfrutar de confortables cobijas, y lucen bien como elemento decorativo. Yo amo las plumas, sin embargo, aterran a muchos homosexuales cuando se refieren a comportamientos delicados y calificados como femeninos.
leer mas...
Las
plumas son tan odiadas, que su ausencia se convierte en requisito número uno
para muchos a la hora de buscar pareja. Basta con revisar los avisos en el chat
y las conversaciones entre amigos, para descubrir que en esta época la aversión
a las plumas, es una bandera de discriminación que nos ha conducido al
canibalismo, pues nos destrozamos sin piedad, criticando los comportamientos de
otros homosexuales, ya sea porque sus plumas son más pesadas y coloridas que
las propias, o “porque a mí no se me cae ni una”.
En el chat: “Busco machito, cero plumas”. “Si tiene plumas, abstenerse de
contestar”.
Entre los amigos: “Lo bueno de su marido es que no se le sale ni una pluma”. O
“cálmese que está botando mucha pluma”.
El listado de expresiones sería tan largo e insufrible como la esquizofrenia
que algunos viven procurando que los amaneramientos no sean parte de su actuar.
Claro, hay que reconocer que los inventos modernos como la metrosexualidad,
parecen mejorar las cosas: al menos cruzar la pierna, y llorar, ya no son
considerados mariconadas.
Sin embargo, es importante evitar que a medida que los homosexuales ganamos
espacios en lo público, nos esclavicemos en pro de demostrarles a todos que
somos “normales” –maldita palabra-.
¡Pues no!, me rehúso a avergonzarme de mis plumas. Me niego a pretender ser
calificado como “normal”. Estoy absolutamente seguro de que soy un hombre, pero
no quiero jugar a ser el mero mero macho, ni mucho menos, a ser desquiciada
menté varonil.
Además, me niego a perder el tiempo tratando de explicar por qué a veces se me
salen actitudes que no vienen en el paquete etiquetado con el título de
“masculino”.
¿Acaso hay una ley en la Constitución que nos impida mover las manos de cierta
forma? ¿Existe un párrafo que castigue a quienes toman café empinando el dedo
meñique, como lo hacía uno de mis noviecitos? ¿Dónde está escrito?
Sólo en el disco duro de quienes únicamente se permiten lo que por siglos se ha
permitido.
Soy felizmente gay, homosexual, loca, maricón, o como su coeficiente
intelectual, y sus capacidades, desarrollo y habilidades sociales te permitan
llamarme.
¿Qué hay de los “derechos invisibles” que nos arrebatan quienes –por no tener
nada que hacer- se dedican a pescar plumas ajenas?
Yo, en nombre de los homosexuales que de cuando en vez sueltan una pluma, me
niego a ser juzgado por ello.
No más lavado de cerebro previo a las reuniones familiares y sociales. No temo
quedar en evidencia. Evidencia es lo que necesitamos para abandonar esclavitudes
absurdas, y empezar a comportarnos como somos aquí, o allá.
Cruzo la pierna, y taloneo si me dan ganas. Hablo sin libreto. Adulo la belleza
masculina en cualquier espacio. No ensayo reacciones y saludo a mis amigos de
beso. ¡Ah!, y por supuesto que no me avergüenzo si uno de ellos contonea un
poco la cadera… es su cadera, ¡a mí qué me importa!
En vacaciones tampoco llevo la mordaza: hablo con mi novio sin jugar a que
somos primos. Voy a la piscina con traje de baño diminuto, sin importar que lo
machos usen bermudas largas.
Me pongo camisetas ajustadas porque me gustan, y camino sin miedo por las zonas
comunes con un bolsito de mano donde va el bronceador, las gafas, una crema
humectante, y otros enseres que según el mandato social deberían ir en el paquete
de “lo femenino”.
Y en fin, procuro ser uno solo en todas partes.
Con esto no quiero decir que “las plumas sean el camino”; si no tienes, qué
bien; pero a quienes nos han aplicado alguna vez “la censura de plumas”, los
invito a no esconderlas, son parte de nuestra naturaleza, y apelando a los
designios milenarios, “la naturaleza es sabia”.
No te avergüences de tus plumas, muchas veces guardan cabezas más llenas y
estructuradas que las de los meros meros machos Alfa que caminan cascorvos,
dañan las cosas cuando las cogen, y se burlan de la delicadeza de nuestras
maneras.
No nos ataquemos entre nosotros, estamos en el mismo bando; y si a ti no te
gustan las plumas, no te cases con un gay que las tenga; pero no mates el
aburrimiento en las discotecas o en los bares, desplumando a quienes hacen
parte de su mismo equipo. Juguemos juntos, sin hablar mal de “la familia”.
La movilización y la evidencia no deben ser protagonistas sólo cada año durante
la marcha del orgullo gay; ni exclusivamente provocadas por los strippers que
van en las carrozas durante esa manifestación. Debe ser todos los días, desde
adentro.
Así que pavonéate sin miedo, no importa si tienes o no plumas. No permitas que
la presión lo lleve a agachar la cabeza.
Y que el paso de los años no nos atormente en demasía, más bien, ocupémonos de
que a medida que aumentan nuestras primaveras, nos acerquemos más y más a la
Libertad.
|
|
|